Mi clase es una caja de caramelos

De pequeña me encantaba ir a ver a mis abuelos al pueblo porque cuando nos íbamos a casa, siempre, mi abuela nos invitaba a coger un par de caramelos, que al final se convertían en cuatro o cinco con la ayuda del abuelo. A medida que nos hacíamos mayores manteníamos esa tradición que tanto nos gustaba pero con otras directrices: los abuelos se iban a dormir antes y nosotros les dábamos el beso de buenas noches sin olvidar coger ese puñadito de caramelos.

Nunca vi la caja vacía y mira que más de una vez, mis primos y yo nos las apañábamos para entrar sigilosamente y coger algún caramelo creyendo que nadie se enteraba y, claro está, se enteraban todos.

Siempre había caramelos para todos, de todos los gustos. Siempre preparados para los demás. Esa cajita metálica llena de colores y de sabores, es hoy, una caja de recuerdos.

Mi clase es como esa caja de caramelos: siempre está llena. Llena de ruido, de risas, de voces. Llena de niños, de sus historias, de sus juegos, de sus reflexiones. Llena de momentos de trabajo, momentos divertidos, momentos para pensar. Llena de cuentos y de dibujos. Pero sobre todo, llena de necesidades que atender, de soluciones que aplicar y de sonrisas que regalar. Y yo, al igual que mis abuelos, intento tenerla siempre preparada para cada uno de ellos, para que encuentren allí lo que cada mañana buscan al traspasar la puerta del aula.

Reconozco que no es fácil y a veces parece que la caja está casi vacía. La paciencia llega al límite (o eso creo), las clases no salen como las había preparado o algún imprevisto ralentiza el buen ritmo de trabajo que llevábamos. Entonces, pienso en esa caja, que siempre estaba llena, y recuerdo los trucos de mis abuelos intentando aplicarlos a mi aula. Recuerdo que cuando los caramelos se estaban acabando y los nietos estábamos a punto de llegar y saquear esa cajita con nuestras manos y alboroto, los abuelos, sin que nos diésemos cuenta, abrían el armario o el cajón y reponían con disimulo y si no había pedían ayuda a alguno de mis tíos que rápidamente iba al pueblo cercano y traía más. Si quedaban pocos, nos enseñaron a compartir y cuando había muchos aprendimos a administrarlos, aunque nos costase alguna lagrimilla.

Quizás eso es lo que nos falta a los mayores: aprender a pedir ayuda, aprender a compartir con los compañeros, aprender a servir a los demás.

Aún queda mucho curso por delante y muchos caramelos que repartir. Estoy segura que con ayuda de mis compañeros, las familias y los niños conseguiré lo que mis abuelos me enseñaron hace muchos años: estar cuando me necesiten, disfrutar al estar y ser la maestra que soy y crece en mí.

Carmen Brezmes Maestra de Educación Especial / Maestra de Educación Primaria

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